III
Mientras esperaba a Clío recargada en la puerta del baño, intenté prender un cigarro pero mi encendedor no sirvió, fue entonces cuando apareció “ella”, me ofreció fuego; era pálida, con el cabello pelirrojo hasta la cintura, pantalones entubados grises, tenis negros, suéter azul eléctrico y chamarra de cuero en el brazo. Prendí el cigarro:
-Gracias
-De nada, niña. ¿Cómo te llamas?
-Ania. ¿Tú?
-Ana, jaja. ¿Vienes con alguien?
-Sí, dos amigas. ¿Y tú?
-Desde hace rato te vi bailando.
Clío interrumpió abriendo la puerta, era mi turno, entré al baño y cuando me disponía a cerrar, Ana dio un paso adentro, cerró la puerta, seguido se lanzó sobre mí y nos besamos desenfrenadamente sobre el lavabo; con su chamarra apagó mi cigarro. (Crazy ways are evident in the way that you're wearing your clothes. Sippin'' booze is precedent as the evening starts to glow)
IV
Había llegado la hora de irnos, quedaban pocas personas y en muy mal estado. Nos reunimos, tomamos los abrigos, Ana decidió no ir con nosotras.
Calí, Clío y yo caminábamos un camellón, fumábamos marihuana, ellas no tenían ganas de llegar a sus respectivas casas.
Cali nos contaba de su hombre “Tiene 41, es divorciado. No tiene hijos y es músico”. Nos ganaba la picares pues ninguna había estado con un hombre tantos años mayor. Pasamos por una tienda de abarrotes 24hrs, compramos cervezas y cigarros, llegamos a mi casa. (I told your mamma I'd get you home but I didn't tell her I had no car. I saw a lion he was standing alone with a tadpole in a jar)
V
Platicamos, se terminó el alcohol, estábamos exhaustas. Dormimos en la sala, Clío y Cali juntas en el suelo sobre almohadas, cojines y colchas.
Ya se asomaba el sol, todas dormían menos yo. Me levanté, subí a mi cuarto; ante un espejo me percaté de las manchas de labial en mi cuello y mis ojeras pronunciadas. Miré por la ventana que da a la casa de junto. Era sábado aproximadamente las 7am, la hora en que mi vecino se levanta diario, abre sus persianas, se para desnudo frente a ellas, prende el televisor y aparenta ignorar que lo estoy viendo. Así fue, Cali despertó, subió con un cigarro y juntas vimos como él miraba caricaturas mientras se estiraba.
(Dancing days are here again as the summer evening grows. You are my flower, you are my power. You are my woman who knows.)
martes, 22 de junio de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
Escapando de los brazos de Morfeo
El problema de escribir en la madrugada es que se tiene que prender la luz y le quita un poco de romanticismo a la intimidad que se tiene con la noche; la mejor metáfora para el insomnio es el mar: te traga y eres conducido por la corriente de un lado a otro sin la posibilidad de imponerte ante tal naturaleza.
La música es buena compañía en esto de las desveladas. Con audífonos y canciones al gusto, hacen la banda sonora de las vagas ideas.
Quisiera que mis escritos no llevaran siempre algo sugestivo en sus entrañas, pero creo que es parte de mi firma, no puedo evitar ser cautivada y pensar divertidas perversiones, veía la silueta de mis piernas contra la luz de la luna. Ojala estuviera alguien aquí para mal pensar junto conmigo.
Cuando el insomnio no nace de la culpa, ni del rencor, ni ansiedad; entonces es un insomnio que se disfruta. Se puede poner atención a la música y distinguir cada uno de los instrumentos y fantasear con las manos a que uno los toca.
Estoy vacía de sentimientos, pero la música me llena de ellos, géneros que me dan una amplia gama de sentimientos.
Cambiar de hoja es lo que me delata. Trato de hacer el menor ruido posible pero el crujir del papel me acusa de profanar la tranquilidad de la noche con mi abstracción dispersa y traviesa que corre sin querer ser atrapada por el sueño, como si fueran mariposas escapando de una red, las imagino de papel crepé.
En algún momento de esta faena se sufre una locura inexplicable, como si fuera empapada por LSD. Veo que las paredes palpitan, las persianas se agitan, los colores resaltan, las fotografías me miran y entro en un estado de paranoia en la que me veo obligada a dejar de escribir, quitarme los audífonos para escuchar si alguien viene y observar las paredes en busca de insectos.
Supongo que la paranoia crece porque sé que no tarda en salir el sol y sorprenderme haciendo lo que no debo a deshoras. Lo bueno es que para entonces Noche se habrá marchado y Día no sabrá quién me sedujo durante tantas horas. (Tengo hambre)
Y luego, entonces, comienzan los garabatos… porque ya no sé qué escribir. Flores, estrellas, ojos, espirales, letras que poco a poco se van apagando por el primer bostezo.
Poco a poco la mente se prepara para colapsar, mis ojos se deforman, se reducen y parezco oriental.
He viajado a través del tiempo, ahora estoy a finales de la década de los 60 y Marc Bolan me canta al oído. En fin, ya se asoman los primeros rayos de luz, el cielo se aclara. Mejor ya me voy a dormir porque sino repetiré esta escena en la madrugada de mañana.
La música es buena compañía en esto de las desveladas. Con audífonos y canciones al gusto, hacen la banda sonora de las vagas ideas.
Quisiera que mis escritos no llevaran siempre algo sugestivo en sus entrañas, pero creo que es parte de mi firma, no puedo evitar ser cautivada y pensar divertidas perversiones, veía la silueta de mis piernas contra la luz de la luna. Ojala estuviera alguien aquí para mal pensar junto conmigo.
Cuando el insomnio no nace de la culpa, ni del rencor, ni ansiedad; entonces es un insomnio que se disfruta. Se puede poner atención a la música y distinguir cada uno de los instrumentos y fantasear con las manos a que uno los toca.
Estoy vacía de sentimientos, pero la música me llena de ellos, géneros que me dan una amplia gama de sentimientos.
Cambiar de hoja es lo que me delata. Trato de hacer el menor ruido posible pero el crujir del papel me acusa de profanar la tranquilidad de la noche con mi abstracción dispersa y traviesa que corre sin querer ser atrapada por el sueño, como si fueran mariposas escapando de una red, las imagino de papel crepé.
En algún momento de esta faena se sufre una locura inexplicable, como si fuera empapada por LSD. Veo que las paredes palpitan, las persianas se agitan, los colores resaltan, las fotografías me miran y entro en un estado de paranoia en la que me veo obligada a dejar de escribir, quitarme los audífonos para escuchar si alguien viene y observar las paredes en busca de insectos.
Supongo que la paranoia crece porque sé que no tarda en salir el sol y sorprenderme haciendo lo que no debo a deshoras. Lo bueno es que para entonces Noche se habrá marchado y Día no sabrá quién me sedujo durante tantas horas. (Tengo hambre)
Y luego, entonces, comienzan los garabatos… porque ya no sé qué escribir. Flores, estrellas, ojos, espirales, letras que poco a poco se van apagando por el primer bostezo.
Poco a poco la mente se prepara para colapsar, mis ojos se deforman, se reducen y parezco oriental.
He viajado a través del tiempo, ahora estoy a finales de la década de los 60 y Marc Bolan me canta al oído. En fin, ya se asoman los primeros rayos de luz, el cielo se aclara. Mejor ya me voy a dormir porque sino repetiré esta escena en la madrugada de mañana.
miércoles, 2 de junio de 2010
Relativo
Más de lo que quema el fuego,
Que la oscuridad de un ciego,
Los cadáveres que se tragó el mar,
Más de mil moscas en un pay.
Más que un poema de Sabines,
El dolor de tu madre muerta,
La peste de las coladeras,
Más que luciérnagas en praderas.
Más que los gritos de fanáticos,
El ruido del transito en una ciudad,
Los vómitos y el asco de una embarazada
Más que toda el agua desperdiciada.
Más que el ardor de una cortada,
Los platos sucios de la cena,
La hipocresía, los abrazos y regalos
Más que misa en Noche Buena.
Más que noches sin dormir,
Las pastillas, capsulas y vitaminas,
Libros, revistas, pornografía,
Más que rezar un Ave María.
Más que los amigos de lejos,
Las llamadas a deshoras
Los besos y las cartas
Más de lo que me lloras.
Más que todo lo conocido y contado,
Brahma, Shiva y Vishnu,
Lo vivido, soñado y deseado,
More than the imperfection of God.
Que la oscuridad de un ciego,
Los cadáveres que se tragó el mar,
Más de mil moscas en un pay.
Más que un poema de Sabines,
El dolor de tu madre muerta,
La peste de las coladeras,
Más que luciérnagas en praderas.
Más que los gritos de fanáticos,
El ruido del transito en una ciudad,
Los vómitos y el asco de una embarazada
Más que toda el agua desperdiciada.
Más que el ardor de una cortada,
Los platos sucios de la cena,
La hipocresía, los abrazos y regalos
Más que misa en Noche Buena.
Más que noches sin dormir,
Las pastillas, capsulas y vitaminas,
Libros, revistas, pornografía,
Más que rezar un Ave María.
Más que los amigos de lejos,
Las llamadas a deshoras
Los besos y las cartas
Más de lo que me lloras.
Más que todo lo conocido y contado,
Brahma, Shiva y Vishnu,
Lo vivido, soñado y deseado,
More than the imperfection of God.
sábado, 8 de mayo de 2010
No es sadismo
Estás sentado frente a mi trono. Te quiero ahí, con alfileres perforé tus rodillas para mantenerte cerca, rompí tus tobillos para que no corrieras y con más alfileres insertados en tus pómulos obligué a tu sonrisa. Tus manos deberán permanecer posadas en tu vientre, de no ser así te insertaré alfileres entre cada uña y piel. Te quiero lindo, calladito, bonito, limpio. Con navajas corté tus parpados para que me contemples sin pausas y detrás de ti puse un ventilador que sople tu aroma todo el día. Debajo están sábanas recogiendo cada gota de sangre que más tarde exprimiré y beberé. Ayer solía temer que me dejarás, hoy no y te disecarás y perderás el encanto mientras tanto, yo iré dejando a un lado mi paranoia.
lunes, 19 de abril de 2010
El veterano
Estaba el anciano frente a su máquina de escribir. El venir de las ideas y transitaba un coágulo en sus venas. Las palabras floridas salían a través de sus dedos arrugados llenos de cayos. Tlak-tlak sonaban las teclas con ritmo, ritmo de nostalgia que empañaba los lentes del hombre antiguo, lagrimas que inundaban sus cuerdas vocales que ya sin pronunciar sonido, trasmutaba su sentir en palpitantes letras que resaltaban sobre aquella hoja en blanco que tragaba y guardaba en su seno cada lucubración. Consumiendo tiempo, espacio, renglones y oxígeno, que sus canas no en vano se evaporaban y cual bestia, el pensamiento devoraba sus carnes dejándolo casi en el esqueleto. Nacido para morir, su epitafio se rasgaba sobre su columna vertebral que a pesar de ser corva aún aguantaba el orgullo enardecido del señor y un alma bien custodiada en la médula. Los recuerdos de la primera mujer que amó con pasión y las fotografías mentales de sus niños en pañales y chimuelos, el dolor de su madre muerta, la impotencia ante aquel despido injusto, las navidades, las borracheras con los compadres ¿Y qué quedaba? Un veterano loco y triste, para el que ya nada le servía un pan, ni licor, para el que una casa era demasiado y para el que ya ni a un perro era compañía. El coágulo seguía en curso, atravesándolo, recorriendo cada parte de su cuerpo, como bomba de tiempo. Ya para las últimas líneas de su escrito, el grumo de sangre llegó a su cerebro, dejándolo casi parapléjico. Ante su último respiro logró teclear FIN y falleció, murió un escritor viejo sin saber que había escrito su obra máxima, sin poderla leer, sin enterarse de qué trató su vida entera.
miércoles, 14 de abril de 2010
Insectos
En la ridiculéz de mis sueños futuros que adivinan y procrean variadas ansiedades porque entre tanta niebla tu rostro flotante se acerca. Búho. La obscuridad de la noche ha borrado los caminos de tus pies y manos que anduvieron hasta en mis cutículas, pero el reflejo de la luna acecha en tus feos ojos, en tu sonrisa que vaga de cabeza.
Allá en lo colosal del azar, sabemos que son posibilidades de números con milésimas infinitas de que nos podamos aguantar la respiración para no ser descubierto por el otro al pasar cual si fuéramos insectos indefensos escondiendo nuestras armas bajo alas de hierro.
Y me gustaría mucho tener ojos en la nuca, en los codos, en las rodillas y en las caderas para ver a dónde andas maldito moscardón. Que el futuro me desgarra y abre mi ser en dos, de él sale una Viuda Negra con ganas de hacerte en mi cama tejida por mis largas, largas piernas. Porque das sed a mi deseo, porque por ti, soy la ama y señora de la Necrofilia, que desde que te cubrí con mis redes ya ningún platillo vivo me apetecé. Yo no soy asesina, porque el corazón desde que te conocí no te latía, sin embargo adoro el tono azulado y asqueroso de tu piel.
Somos seres nocturnos que en la suerte y magia de la selva artificial no se han de encontrar, hasta que el murciélago nos coja y nos aviente de nuevo juntos al vacío y tengamos que mutar, ser insectos que buscan algo para devorar.
Allá en lo colosal del azar, sabemos que son posibilidades de números con milésimas infinitas de que nos podamos aguantar la respiración para no ser descubierto por el otro al pasar cual si fuéramos insectos indefensos escondiendo nuestras armas bajo alas de hierro.
Y me gustaría mucho tener ojos en la nuca, en los codos, en las rodillas y en las caderas para ver a dónde andas maldito moscardón. Que el futuro me desgarra y abre mi ser en dos, de él sale una Viuda Negra con ganas de hacerte en mi cama tejida por mis largas, largas piernas. Porque das sed a mi deseo, porque por ti, soy la ama y señora de la Necrofilia, que desde que te cubrí con mis redes ya ningún platillo vivo me apetecé. Yo no soy asesina, porque el corazón desde que te conocí no te latía, sin embargo adoro el tono azulado y asqueroso de tu piel.
Somos seres nocturnos que en la suerte y magia de la selva artificial no se han de encontrar, hasta que el murciélago nos coja y nos aviente de nuevo juntos al vacío y tengamos que mutar, ser insectos que buscan algo para devorar.
domingo, 11 de abril de 2010
Lentejuelas
Sentada en una silla, con un codo recargado en el barandal del atrio y la mano deteniendo mi rostro, contemplaba el campo a lo lejos, vi las hierbas agitadas por el viento. Cielo despejado. Reparé en una bugambilia naranja colgando sobre una barda de cemento, parecía como si quisiera escapar, como si estuviera trepando para huir; imaginé su fuga, poco a poco las ramas bajaron, deslizando y arrastrándose para pasar completa. No sé en qué momento mi sueño se hizo real: La bugambilia había terminado de saltar la pared y se incorporaba, como si se tratara de un hombre, la planta echó a andar en mi dirección.
Seguí recargada sobre mi brazo viendo al ser floreado que se acercaba. Un cosquilleo comenzó en mi estomago y se esparció hasta mis manos. La venas de mis muñecas resaltaban demasiado y era más azules que nunca, se hicieron unos pequeños bultos como si algo quisiera brotar de mis vías sanguíneas, entonces se abrieron y estambres de color azul salieron. Me puse de pie y jale los estambres pero no terminaban, solo se hacían más largos y quedaban rizados colgando.
El hombre bugambilia iba entrando en el porche, se acercó y con lo que serían sus manos tomó mi cara, dejando algunos rasguños en mis pómulos. Cerré los ojos con fuerza, él besó mi frente y después me soltó. Toqué mi piel, se sentían las heridas finamente infringidas. Miré al campo, las hierbas se habían fundido como óleo fresco, el cielo ya no azul claro era naranja con nubes de navajas y en lugar de estrellas brillaban lentejuelas pegadas con silicón. Mi casa y el porche se volvieron de cartón.
Entré al baño y abrí la llave pero en lugar de caer agua, salió sangre, mi sangre. Mis venas llenas de estambre y mi piel era blanca, era ya de porcelana. Subí a la habitación más alta de mi casa, salí al balcón. Respiré, el aire tenía olor a vainilla. Intenté volar pero no lo logré, caí, me estrellé contra el sueño y me rompí. De mi cráneo salieron mil orugas de papel crepé. El hombre bugambilia tomó mis restos, los enterró y de ellos nació un árbol que en lugar de frutos daba cenizas pegadas con miel.
Seguí recargada sobre mi brazo viendo al ser floreado que se acercaba. Un cosquilleo comenzó en mi estomago y se esparció hasta mis manos. La venas de mis muñecas resaltaban demasiado y era más azules que nunca, se hicieron unos pequeños bultos como si algo quisiera brotar de mis vías sanguíneas, entonces se abrieron y estambres de color azul salieron. Me puse de pie y jale los estambres pero no terminaban, solo se hacían más largos y quedaban rizados colgando.
El hombre bugambilia iba entrando en el porche, se acercó y con lo que serían sus manos tomó mi cara, dejando algunos rasguños en mis pómulos. Cerré los ojos con fuerza, él besó mi frente y después me soltó. Toqué mi piel, se sentían las heridas finamente infringidas. Miré al campo, las hierbas se habían fundido como óleo fresco, el cielo ya no azul claro era naranja con nubes de navajas y en lugar de estrellas brillaban lentejuelas pegadas con silicón. Mi casa y el porche se volvieron de cartón.
Entré al baño y abrí la llave pero en lugar de caer agua, salió sangre, mi sangre. Mis venas llenas de estambre y mi piel era blanca, era ya de porcelana. Subí a la habitación más alta de mi casa, salí al balcón. Respiré, el aire tenía olor a vainilla. Intenté volar pero no lo logré, caí, me estrellé contra el sueño y me rompí. De mi cráneo salieron mil orugas de papel crepé. El hombre bugambilia tomó mis restos, los enterró y de ellos nació un árbol que en lugar de frutos daba cenizas pegadas con miel.
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